Noticias, Opinión del experto|18 febrero, 2013 8:58 AM

¿Podemos llegar a prevenir la esclerosis múltiple?

En medicina hay un principio básico: más vale prevenir que curar. Este axioma es lógico y todos estamos acostumbrados a él: las vacunas o la promoción de los estilos de vida saludable son buenos ejemplos de ello.

El problema surge cuando desconocemos el origen de la enfermedad, como lamentablemente sucede en el caso de la Esclerosis Múltiple (EM).

Actualmente se acepta que para padecer EM es necesario nacer con una predisposición genética, pero además son imprescindibles la concurrencia de factores ambientales.

La importancia de la predisposición genética puede valorarse de manera muy ilustrativa observando la concordancia de Esclerosis Múltiple en las parejas de gemelos univitelinos, que no alcanza el 30%; por lo que en esta enfermedad las estrategias para su prevención antes del nacimiento probablemente serán imposibles. Sin embargo, la identificación de esos factores ambientales ‘de riesgo’ podría ser una buena oportunidad para modificarlos con el fin de intentar prevenir-demorar el inicio de la enfermedad.

Hace años que sabemos que el riesgo de padecer EM es menor en las zonas próximas al ecuador y se incrementa según nos alejamos del mismo, pero hasta hace poco no se había conseguido ni tan siquiera vislumbrar cuáles eran esos factores ambientales. Afortunadamente hemos empezado a ver indicios que nos permiten establecer estrategias de búsqueda para identificar estos ‘factores de riesgo de EM’. El hecho de que en los últimos años la incidencia de la

EM y la proporción de mujeres afectas se estén incrementando y el que la edad de comienzo de la EM esté disminuyendo tiene que ser debido a los cambios recientes en nuestros hábitos de vida y/o entorno: alimentación, higiene, sanidad, costumbres, etc.

Muchos de estos cambios podrían explicar otros hechos, como por ejemplo el incremento progresivo de la talla de las personas o el incremento de las enfermedades alérgicas. Esta cercanía temporal hace que la búsqueda sea esperanzadora en cuanto a sus resultados. También se han encontrado otras relaciones con el riesgo de padecer, como por ejemplo las horas de sol a lo largo de la gestación; y se han producido aportaciones en relación con la importancia de ciertos agentes infecciosos en el origen de esta enfermedad.

La incidencia de la EM y la proporción de mujeres afectadas se está incrementando

Los estudios epidemiológicos deberán, esperemos, aportarnos las claves para desenmascarar a estos agentes ambientales que favorecen la enfermedad y evitarlos.

Desde otra perspectiva diferente, pero no menos interesante, para si no prevenir sí tratar muy tempranamente la EM también es posible soñar con identificar pacientes con esta enfermedad en base a un análisis.

Hace pocas semanas se ha publicado en el ‘New England Journal of Medicine’ un trabajo en el que encuentran en la sangre de cerca del 50% de pacientes con EM un anticuerpo que no está presente en otras enfermedades neurológicas ni en personas sanas. De confirmarse, estos resultados abren muchas e interesantes interrogantes, algunas de índole muy técnica, como las bases patogénicas de la enfermedad, pero otras mucho más directas: bajo el diagnóstico EM ¿Hay más de una enfermedad?

¿La identificación temprana y la eliminación de estos anticuerpos podría ser una estrategia para evitar la

Fuente: Dr. Alfredo Antigüedad, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Universitario de Basurto.

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